Son las 7:30 de la mañana y es otro bonito día en Barichara. El cielo despejado anuncia que el sol brillará en todo su esplendor, como suele hacerlo y acompañará el recorrido al que me han invitado por uno de los caminos ancestrales que conserva este pueblo y que, estando en estas tierras, hay que recorrer por lo menos una vez para comprender un poco más su historia, su belleza natural y la relación que guarda con el pasado.
No es una caminata cualquiera. Hoy el destino tiene nombre: el Camino Real Barichara-Guane.
Nos encontramos listos. No hay improvisación en este plan. Buen calzado, sombrero firme para el sol que más tarde caerá sin tregua, bloqueador extendido con juicio en brazos y rostro. Somos tres caminantes con el mismo propósito: dejarnos llevar por un sendero que no solo atraviesa el paisaje, sino también el tiempo.

Al iniciar se observa una valla donde hay información que vale la pena leer antes de empezar a andar, para entender que no se trata solo de caminar sino de recorrer una historia. Al costado izquierdo está una piedra tallada con el nombre del camino y otra breve explicación en español e inglés que también debe leerse antes de comenzar. Me detengo unos minutos. Leo, respiro y me uno a mis compañeros para empezar la travesía que me tiene expectante por todo lo que voy a ver y conocer.
Empezamos a caminar hablando un poco y avanzando en fila mientras empezamos a conocer el camino. La piedra domina la mayor parte del recorrido y desde los primeros metros deja claro que exige atención. Cada paso pide cuidado. Hay que mirar bien dónde se pisa, encontrar el equilibrio y dejar que el cuerpo poco a poco entienda el ritmo del sendero. El Camino Real no permite distracciones largas; obliga a estar presente, concentrado, atento a la irregularidad de las piedras y al descenso constante que acompaña buena parte del trayecto.

A medida que avanzamos, también aparecen los pequeños aprendizajes que solo da el camino recorrido. Yo, por ejemplo, no llevo bastón de caminante y pronto entiendo que hace falta. En varios tramos la inclinación y las piedras irregulares exigen más equilibrio del que uno imagina. Veo entonces cómo ese apoyo sencillo puede aliviar la fuerza que hacen las piernas y dar más estabilidad en el descenso. El Camino Real es hermoso, sí, pero también pide atención y cierta preparación física.

En algunos puntos, muy cerca del sendero, aparecen vacas pastando con absoluta tranquilidad. La escena tiene algo muy propio del paisaje santandereano, pero también me hace pensar en algo práctico: donde hay ganado, puede haber garrapatas. Por eso vale la pena recomendar manga larga y ropa que cubra bien la piel, no solo por el sol sino también para evitar que estos insectos se adhieran durante la caminata.

El descenso se hace más evidente y las piernas lo saben. También el sol empieza a hacerse notar con más fuerza, recordándonos por qué el sombrero y el bloqueador no eran una opción sino una necesidad. Hacemos pausas breves, no solo para descansar y tomar aire, sino para mirar. Porque este camino pide ser mirado. Las montañas, los paisajes, los tonos cambiantes del verde y la tierra que cuenta historias.
“El lecho de la quebrada está seco
El agua se ha marchado a otro lugar
Solo en silencio, en la profundidad del silencio... escuchamos la corriente.
El cucarachero del Chicamocha y el colibrí ventricastaño se miran uno al otro, parados en una gota de agua suspendida en la vertical de la roca tallada
Seguimos el descenso para llegar a Guane
El camino indígena se mueve
Se mueve.”
— Pio Fernando Gaona Pinzón, Memorias de agua y sal

Y mientras continúo caminando entiendo por qué esos versos logran describir tan bien este lugar. Aquí el silencio también habla.
En la mitad del camino nos encontramos con un lugar que ofrece desayunos, café y jugos que sientan muy bien después de haber recorrido buena parte de los 5.5 kilómetros del trayecto. El sitio tiene un espacio sencillo para sentarse y contemplar el inmenso paisaje que se abre frente a nosotros.

Mientras miro alrededor aparece, para mi sorpresa, un precioso loro que se deja fotografiar con tranquilidad y reafirma esa sensación de que este lugar tiene algo mágico. La presencia constante de aves y animales hace que uno admire aún más este rincón de Santander, donde la naturaleza parece acompañar cada paso del recorrido.

El recorrido es agradable y no solo lo hacemos nosotros. También van grupos de amigos, parejas y familias enteras que avanzan a distintos ritmos, compartiendo el mismo asombro por el paisaje. Es normal cruzarse con caminantes de diferentes partes del mundo y escuchar distintos idiomas mezclarse entre las piedras y el viento cálido de la mañana.

En medio de ese andar también aparece, de repente, una de las mariposas más bellas que jamás haya visto. Se posa frente a mí moviendo lentamente sus alas y permitiendo ser observada durante varios segundos antes de alzar el vuelo nuevamente. La miro irse y siento que ahí está también la respuesta de por qué vale la pena emprender este tipo de caminatas una y otra vez: porque dejan recuerdos inolvidables y construyen una conexión más profunda, más real y más sensible con el entorno.

A medida que nos aproximamos al final, el camino se hace más intenso. El sol empieza a calentar con más fuerza y el cansancio se nota en las piernas, en la respiración y en los silencios más largos. Pero en mi caso ocurre algo curioso: lejos de querer detenerme, eso me anima a continuar con un paso más rápido y firme, pensando en la satisfacción que sentiré al terminar el recorrido. Una sensación parecida a la de haber completado una pequeña maratón, de esas que dejan el cuerpo agotado pero el ánimo completamente feliz.

Otra recomendación importante es salir lo más temprano posible. A esa hora de la mañana el aire todavía es amable y el recorrido se disfruta distinto. Además, existe la posibilidad de regresar caminando a Barichara si aún quedan fuerzas y ánimo después de llegar a Guane. Pero hacerlo temprano marca la diferencia, porque cuando el sol empieza a calentar con fuerza —como suele ocurrir aquí antes del mediodía— el camino cambia por completo y el cansancio se siente mucho más rápido.
Y finalmente, después de dar los últimos pasos —quizás los más duros de todo el recorrido— llegamos a Guane, un pueblo que parece vivir siempre en una calma inmensa, mucho más grande que su propio tamaño. Todo transcurre despacio, en silencio, como si el tiempo aquí hubiera decidido avanzar de otra manera.
Guane tiene lo suficiente para quedarse un rato y disfrutarlo sin afán. Caminar unas calles, sentarse a tomar algo mirando el parque principal, descansar bajo la sombra mientras el cuerpo se recupera del camino y luego regresar nuevamente a Barichara, donde esperan más movimiento, más personas y más planes por hacer. La vida continúa entre el sol y esa belleza tranquila que parece envolverlo todo.
“Recorrer el Camino Real Barichara-Guane no es solo una caminata de un par de horas. Es una conversación con la tierra, con la historia y de alguna manera, con uno mismo.”
Fotos: Diana Milena Báez
