Barichara me enseñó a volver a florecer
Por Diana Milena Báez
La artista y gestora Carolina Hernández Macías habla sobre el duelo, la naturaleza, el arte y la necesidad de volver a lo esencial para cuidar el territorio y reconstruir comunidad.

Hay personas que llegan a un territorio buscando cambiarlo. Otras, en cambio, llegan para dejarse transformar por él. Carolina Hernández Macías pertenece a las segundas.
Aunque muchos en Barichara la conocen como “Shanty”, por el restaurante que durante años hizo parte de la memoria afectiva del pueblo, ella insiste en presentarse desde otro lugar: desde la sensibilidad, la contemplación y el vínculo profundo con la tierra.
“Nunca he pensado en la regeneración de un territorio. Creo que los territorios son los que me han regenerado.”

“Yo vine a Barichara no a regenerar nada. Barichara me recibió después de la pérdida de mi papá y de una pérdida de identidad en otro país. Me recibió con el mensaje de que aquí podía volver a crecer y volver a florecer”.
Carolina es artista plástica, maestra, instructora de yoga, estudiosa del bienestar y de las medicinas ancestrales. Pero más allá de cualquier título, se define como “una colcha de retazos de las montañas”.
“Mi triángulo de vida es que todo lo que hago tiene que tener arte, bienestar y naturaleza. Si están esos tres pilares, yo funciono.”

Su relación con el territorio no parte de una teoría ni de un discurso técnico. Parte de la observación. De caminar. De escuchar. De contemplar.
“Todo lo que tiene que ver con el proceso de la naturaleza, para mí, es mi propio proceso”.
Habla de sembrar una planta de yerbabuena con amor. De lavar un tomate entendiendo que también allí hay energía. De tratar con respeto aquello que alimenta.
“Desde cómo cosechas un tomate hasta cómo lo cortas para una ensalada, todo tiene un proceso energético que acompaña”.

Después de cerrar el ciclo de Shanty Restaurante y mudarse a una vereda, Carolina sintió que regresaba a su estado natural. Hoy vive en una finca llamada La Padrera y entre risas se compara con Heidi.
“La naturaleza aquí me muestra, me enseña, me dice de qué manera vivir. Vivir al ritmo de la naturaleza es mi ritmo natural”.
Sin embargo, reconoce que desprenderse de la identidad con la que el pueblo la conocía no fue fácil.
“Ha sido muy difícil dejar de ser Shanty para la gente de Barichara y que ahora sepan que yo pinto, dibujo e ilustro”.

Ese regreso al campo también la llevó a reconectarse con las personas de la vereda, con los niños y con procesos colectivos que terminaron derivando en proyectos como los mapas afectivos para el EOT.
“La conciencia del territorio no nació desde el protocolo ni desde la política. Nació desde lo humano”.
En esos recorridos entendió que muchas personas necesitan algo que parece simple, pero que hoy escasea: espacios para compartir, crear y sentirse parte.
“Hay que volver a la esencia de las cosas.”

Para Carolina, regenerar no significa solamente restaurar ecosistemas. Significa restaurar vínculos humanos.
“Regeneración para mí es volver al origen”.
Y agrega:
“Así como la tierra se regenera, nosotros también tenemos que regenerarnos a nosotros mismos”.
Habla de recuperar las relaciones cara a cara, de volver a juntarse sin esperar que todo venga de una institución o de un gobierno.
“Unir fuerzas para ayudarnos, compartir, crear juntos… esa es la manera de aportarle al territorio”.

En la vereda donde vive ha encontrado precisamente eso: una forma distinta de comunidad.
“Aquí tenemos todo: comida, agua, bosque, vecinos, cuidado compartido. Estas colaboraciones son las que tenemos que volver a normalizar”.
También le preocupa el futuro del campo. En los recorridos por el territorio vio escuelas vacías y veredas envejecidas.
“Todo se está limitando al turismo y muchos jóvenes ya no ven el campo como una opción, cuando en el campo está todo”.
Por eso insiste en la necesidad de crear espacios para los jóvenes, para los saberes tradicionales, para los oficios y para las historias de los abuelos.
“Las recetas tradicionales, los tejidos, los bordados, cocinar en fogón de barro… todo eso también es territorio”.
“Aquí somos millonarios. Tenemos árboles, agua, huertas, vecinos buenos y cultivos.”

Cuando habla de Barichara, su voz cambia. Se vuelve más íntima.
“Algo que todavía me hace sentir segura aquí es la sensación de familiaridad y cuidado. El aire y la luz de Barichara tienen un carácter especial”.
Pero también advierte que el territorio enfrenta tensiones reales: el turismo desmedido, la especulación, el afán y la desconexión con la naturaleza.
“Entre el querer más, acaparar y pasar por encima de todo, se termina afectando el bosque, el agua y a las mismas personas”.
Por eso insiste en que el verdadero progreso no puede medirse únicamente desde lo económico.
“El progreso es que cada quien pueda brillar desde adentro e ir a la esencia de las cosas”.
Actualmente participa en un nuevo proyecto llamado La Ruta del Arte, una apuesta para descentralizar la vida cultural del pueblo y usar el arte como puente de encuentro.
“A través del arte podemos volver a juntarnos para crear cosas para todos: sembrar, bordar, cocinar, cuidar aljibes, hacer semilleros”.
Carolina cree profundamente en una economía de dones, en reconocer aquello que cada persona sabe y puede compartir.
“Hay mucha gente que sabe muchísimo. Tenemos un montón de cosas para dar y recibir”.
“Lo primero que hay que regenerar es uno mismo.”
Reconocer. Reconectarse. Recrearse.
“Cuando uno vuelve a su propia esencia, deja de estar en competencia con todo”.
Antes de terminar, Carolina deja una invitación que suena más a conversación íntima que a consigna.
“Haya nacido aquí o no, todos somos hijos adoptados de Barichara. Esta es nuestra casa”.
“Más que un mensaje, esto es una invitación a querer, respetar y cuidar cada ser que habita este territorio. El suelo que pisamos. El bosque. El agua. A volver a ser más humanos.”
— Carolina Hernández Macías
Fotos: archivo particular