El agua: una decisión que define nuestro destino
Carta de un lector — Barichara
Barichara enfrenta hoy una decisión que podría definir su destino. Traer hasta el pueblo un larguísimo y costosísimo tubo de agua, adicional al que actualmente alimenta nuestro acueducto, sería abrir la puerta al principio del fin de la aldea que aún sobrevive y que nos permite vivir a escala humana, honrando la ancestral visión de este territorio como un verdadero “lugar para el descanso”.
La aparente solución de traer agua desde otros territorios impulsaría, muy probablemente, la transformación definitiva de Barichara en una urbe multitudinaria e impredecible: un lugar marcado por la congestión, la contaminación, la inseguridad, la especulación y el deterioro ambiental y social. El supuesto progreso terminaría por destruir precisamente aquello que hace de este pueblo el más hermoso de Colombia.
Además, el espejismo de una abundancia inagotable de agua traída de lejos —fuentes que también atraviesan procesos graduales e irreversibles de agotamiento— fomentaría el abandono de nuestras propias riquezas hídricas. Sería la sentencia final para la quebrada que alguna vez fue río y para los aljibes que todavía podrían recuperarse mediante voluntad colectiva y cuidado responsable.
“En lugar de apostar por una solución artificial y engañosa, deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en la reforestación paciente y rigurosa del territorio; en la recolección inteligente de aguas lluvias; y en la protección seria de las fuentes y cauces naturales que la naturaleza ha moldeado durante siglos para sostener la vida.”
La disponibilidad real de agua —cercana, respetada y protegida— debería ser el principal criterio para definir el tamaño y el ritmo de crecimiento de cualquier asentamiento humano. La sensatez, la memoria y el amor por nuestro terruño reclaman hoy un NO claro y unánime a la propuesta de traer agua de otros lares a este paraíso patiamarillo, patiafuera y fraterno.
Luis Gabriel Jaramillo, Médico